Sepúlveda, el escenario perfecto para el eclipse solar de 2026

9 de enero de 2026 Sepúlveda

La villa medieval segoviana se convierte en uno de los mejores escenarios del mundo para contemplar el este fenómeno.

La provincia de Segovia se prepara para vivir uno de los grandes acontecimientos del siglo, el eclipse total de sol de 2026. Será un fenómeno único, porque en este eclipse, la luz se apagará y la sombra de la Luna recorrerá la provincia. Y Sepúlveda será uno de los mejores lugares del planeta para contemplarlo, el primero visible en España desde hace más de un siglo.

Esta villa segoviana, este balcón colgado sobre un paisaje brutal, donde la piedra, el silencio y el aire de la sierra se confabulan para convertirse en magia, será uno de los epicentros de este gran espectáculo. Hasta esta tierra de hoces y horizontes llegarán este verano astrónomos, aficionados y viajeros de todo el mundo en un secreto a voces que muchos prefieren ¡no contar demasiado!   

Sepúlveda será uno de los mejores lugares del planeta para contemplar el eclipse de sol
Así que recorrer Sepúlveda durante la noche, en los miradores Starlight, con actividades culturales y gastronómicas y practicando senderismo, será toda una experiencia que no te puedes perder.

El fuero de la villa de Sepúlveda
Sepúlveda es una magnífica villa de tierras castellanas cuajada de historia, de magia y de gente cercana y acogedora. Así que, merecidamente, es conjunto histórico-artístico desde mediados del siglo pasado, y además pertenece al selecto club de los Pueblos Más bonitos de España.

Esta sorprendente villa, a 130 kilómetros de Madrid, está situada sobre una gigantesca peña que como un balcón natural se asoma al río Duratón, una inmensa reserva natural de flora y fauna. Viajar hasta Sepúlveda es adentrarse en la naturaleza más bella del parque natural de las Hoces del Duratón.

A simple vista se trata de una villa castellana de piedra dorada, calles empinadas y aroma a horno de leña. Pero Sepúlveda es mucho más, fue frontera, bastión, laboratorio jurídico y refugio espiritual durante siglos.

Y es que esta villa medieval fue uno de los primeros municipios con fuero propio en la Península. El Fuero de Sepúlveda, concedido en el siglo XI y copiado luego por decenas de pueblos, regulaba derechos, tierras, impuestos y convivencia en una zona recién reconquistada. Así que al pasear por el casco histórico, hay que imaginar una villa casi autónoma, diseñada para atraer a nuevos pobladores.

El lugar de encuentro de sepulvedanos y forasteros
Un inmejorable punto de partida para recorrer la villa de Sepúlveda es la plaza de España, lugar de encuentro de locales y forasteros. Aquí convivían el comercio, la justicia y la vida social. No es una plaza monumental al uso, pero es profundamente funcional, como lo fue Sepúlveda durante siglos.

En este emblemático lugar, de corte rectangular y parcialmente porticado, se celebraban, desde el año 1600 hasta casi finales del siglo pasado, ferias, corridas de toros, bailes y mercados. En sus orígenes estaba fuera de los muros, y en el siglo XVII, adosada a los muros del castillo, se construyó una magnífica casona coronada por un gran reloj que marca el ritmo de la localidad.

En la plaza, desde donde se contemplan los torreones del castillo, se puede disfrutar de un buen tapeo y de una reconocida gastronomía a base de cordero lechal asado y sopa castellana, o bien se pueden comprar dulces en las antiguas pastelerías llenas de exquisiteces.

Cerca de la plaza está la iglesia románica de San Bartolomé, del siglo XI, y a partir de aquí, el camino natural es adentrarse en la villa por la puerta con arco de medio punto, conocida como el Ecce Homo o arco del Azogue.

Hacia la Edad Media
Nada más cruzar los muros a través del arco, cada rincón  nos llama la atención, la travesía de los Caballeros Pardos, el palacio de Sepúlveda, la casa del Moro con su potente fachada plateresca, correderas y travesías decoradas con sabor castellano, y también sus casonas nos delatan la antigua riqueza de la villa.

En el camino nos topamos con la iglesia de los Santos Justo y Pastor, hoy convertida en el museo de los Fueros, posee una cripta muy interesante, con importantes esculturas y con una interesante colección de obras de arte.

No muy lejos, en el barrio de San Millán, está el Postiguillo, una parte de la muralla estupendamente conservada de construcción árabe y visigótica.

En Sepúlveda son imprescindibles las visitas a la antigua cárcel del año 1543,  que no ha variado mucho a lo largo de los siglos; y el Museo Lope Tablada de Diego, que acoge una exposición permanente del pintor en lo que fue el antiguo registro de la villa de Sepúlveda.

La Sepúlveda recogida: conventos, vida espiritual y casonas
Los conventos no eran solo espiritualidad, ya que gestionaban tierras, saberes y redes sociales, y muchos documentos del fuero y de la vida municipal pasaron por manos religiosas. Uno de los más interesantes es el antiguo convento de San Francisco, hoy integrado en el tejido urbano y que recuerda la importancia de las órdenes religiosas en la villa.

Y mucho poder local también tenían las casas señoriales, de piedra y con escudo. Y la mejor manera de descubrirlas es paseando sin rumbo por calles como Conde de Sepúlveda o alrededores de la plaza Mayor, donde no sólo hay que mirar los escudos, hay que observar los dinteles, el tamaño de las ventanas y la altura de las plantas, porque ahí es donde se veía quien mandaba en esta localidad.

Sepúlveda no presume de palacios deslumbrantes como otras villas castellanas. Sus casas nobles estaban integradas en la trama urbana, eran fortificadas, austeras, pensadas tanto para vivir como para resistir. Y no pertenecieron a una gran nobleza cortesana, sino a una élite local, a linajes de repobladores, de jueces del fuero, de regidores, de propietarios de tierras y de ganaderos trashumantes. Su poder no se medía en lujo, sino en el  control del territorio y de la ley.

Las iglesias sepulvedanas parecen fortalezas (porque lo fueron)
En Sepúlveda nada es casual, así que en esta tierra de frontera las iglesias eran también un lugar de refugio. Y paseando despacio por la villa se van encontrando y disfrutando. La iglesia de El Salvador, toda una joya románica que muchos pasan por alto, es la más monumental y curiosamente no siempre la más visitada. Su ábside románico es de los más bellos de Segovia por su sobriedad, por la solidez de sus muros, por la perfección en sus proporciones y por su magnífica galería porticada.

Menos espectacular, pero clave en la red parroquial medieval, es la iglesia de San Justo. Es pequeña, silenciosa, y representa la Sepúlveda cotidiana, la del vecino, no la del poder. Otra antigua iglesia románica que hay que visitar es la de Santiago de Sepúlveda, tanto por la belleza del edificio como porque hoy acoge la casa del parque natural de las Hoces del Duratón, imprescindible para conocer el parque y por las actividades que se pueden realizar en su interior.

Y una de las más espectaculares que se encuentra subiendo por la calle de los Santos Justo y Pastores, es Nuestra Señora de la Peña, todo un santuario del siglo XII que domina el paisaje, y una de las joyas del románico que esconde, en su interior, un maravilloso retablo barroco del siglo XVIII y una talla de la Virgen de la Peña. Se alza sobre un promontorio rocoso, y al atardecer, cuando baja la luz y en el más absoluto de los silencios, se funde con el paisaje.

Tras la iglesia está el mirador, ubicado sobre una de las hoces más impresionantes del Duratón. Desde este observatorio sale una pequeña senda con una bajada muy pronunciada que conduce hasta el sensacional cabo, desde el que se divisa una postal bellísima de Sepúlveda. Pero lo más impresionante del macizo es, si no se tiene vértigo, los secretos que guarda en su fondo. El río que forma un profundo meandro encajado en la roca, la arboleda, los caballos semisalvajes, los cortados, los nidos de polluelos en las paredes y los buitres leonados que, sobrevolando majestuosos, se muestran en todo su esplendor.  

Panorámicas inigualable y la Puerta de la Fuerza

Desde el mirador de la Virgen de la Peña hay que bajar hasta la punta del cabo, la panorámica que ofrece es inigualable. Desde este macizo se ve en todo su esplendor la villa, sus antiguas casonas, sus ruinas, sus murallas, sus iglesias con sus torres románicas, la vegetación, y un cielo tan limpio que llama la atención. Si miramos hacia abajo, a las profundidades del cañón, llama la atención las paredes cuajadas de recovecos donde las aves hacen sus nidos. Más abajo, la potencia del río y toda la vida que se despliega en su cauce. El contraste de color, rojo y ocre en las paredes, amarillo y verde en los arboles y el musgo, los azulados en el agua es magnífico.

Y a la derecha se llega a la simbólica puerta de la Fuerza, una de las entradas de la muralla medieval, construida en el siglo XI para cerrar la ciudad. La puerta de la Fuerza es uno de los restos más potentes del sistema defensivo de Sepúlveda. No era una puerta ceremonial, sino la más estratégica y militar de todas las entradas, así que su nombre es literal porque controlaba uno de los accesos más vulnerables y permitía regular entradas y salidas de personas, mercancías y ganado. Y desde aquí se entiende por qué Sepúlveda fue casi inexpugnable. El cañón actuaba como un foso natural, la puerta controlaba los accesos posibles y el paisaje era parte activa de la defensa.

Así que Sepúlveda hay que caminarla despacio, mirar arriba y entender que, aquí, cada piedra fue colocada para resistir… y para durar.

La recomendación
Además de disfrutar de la villa, en Sepúlveda hay que recorrer la senda de los Dos Ríos, una ruta circular de unos 6 kilómetros que enamora los sentidos.

Desde el impresionante cabo de la Virgen de la Peña, hay que dirigirse a la puerta de la Fuerza donde, una vez cruzada, se entra en un mundo de parameras, bosques de ribera, y cortados siempre acompañados por las siluetas de los buitres leonados.

En la ruta se disfruta del puente Picazos, construido sobre pilas romanas y también, la antigua casa de la Huerta del Obispo. En la zona de la Presa de la Fábrica de la Luz, en silencio y con paciencia, es fácil observar el visón americano, el mirlo acuático, el Martín pescador y el ánade real; y el antiguo edificio que generaba luz a principios del siglo pasado. La silla del Caballo, un impresionante pliegue geológico, y el puente de Talcano, que debió ser esplendoroso en su época, y del que quedan las pilas y un sensacional arco, son otras joyas que se encuentran en la senda de los Dos Ríos, una ruta imprescindible para hacer boca con la espectacular gastronomía sepulvedana.

Fuente: La Vanguardia 

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